La llama de la magia se reaviva

La llama de la magia se reaviva

Padres e hijos caminaban hacia la sala sin saber lo que le esperaba a cada uno dentro. Para los más pequeños, la ilusión de aquello que le había transmitido su familia; para los mayores, una lucha contra los prejuicios que les hacían creer que era una película para niños.

Una vez apagadas las luces, la ilusión comenzó a fluir. Aquel cachorro humano que, siendo un simple dibujo contagiaba al público con su magia y alegría, volvía a aparecer en la gran pantalla esta vez convertido en un ser humano de carne y hueso. Con un respeto casi total por la película original, Jon Favreau ha sido capaz de volver a narrar una historia ya contada, conquistando tanto a los que la conocían, como a los nuevos espectadores.

La adaptación del director estadounidense supera a las anteriores utilizando los efectos visuales como arma principal. El gran ejemplo de su potencial lo refleja Shere-khan, quien elimina de un zarpazo a los tigres que aparecían en las versiones anteriores. La producción digital está tan conseguida, que algunos en la sala dudaban si era real o no.

Posiblemente, el gran respeto a la obra original de Rudyard Kipling, además de la visualización de las anteriores adaptaciones, puede incluso llegar a perjudicar a la producción de Walt Disney Pictures en su búsqueda de la perfección. Las enormes dimensiones del Rey Louie, junto con el juego de luces entre claros y oscuros de la escena, chocan con los recuerdos felices de aquel orangután cantarín de los primeros largometrajes.

En definitiva, 105 minutos cargados de recuerdos felices para mayores, de ilusiones para los más pequeños, pero sobre todo repletos de magia para cualquier público que quiera disfrutar de este film. Tanto para los que conocen la historia como para los que no, es una oportunidad de ir al cine y olvidar la preocupación.

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